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Presentando libro Parque Oncol - Claudio Almarza
Libro Parque Oncol


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Rayadito
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Invitado

Parque Oncol - Selva Valdiviana
 

 

“Cada gota tumbada sobre el suelo timbra diferente… En el fango unas simulan el canto de una caracola, mientras que otras sobre la hojarasca reverberan la lluvia eterna del bosque”.

Claudio Almarza V.
Parque Oncol, 10 de septiembre de 2008.

 

 
  Dedicatoria

Cuando niño, mientras el botero remaba, con mi hermano instintivamente jugábamos a hacer estelas rozando el agua con los dedos o mano. Deslizándonos sobre la desembocadura del serpentero río Calle Calle, en la ciudad de Valdivia, el silencio aparecía siempre en ese lapso del viaje hasta atracar en el rústico muelle de Torobayo… Extraño nombre para un lugar que en ese tiempo no era tan valorado por su paraje, pese a las altas copas de frondosos árboles, el pacífico río y enigmática neblina.
Desde ahí, igual de contemplativos y ansiosos iniciábamos un segundo viaje, esta vez, hasta la costa. Playas como Niebla, Los Molinos o San Ignacio eran un encanto para quienes nos contentábamos con arena, agua y el muchas veces mezquino sol del sur. Pero conforme crecíamos esos deseos de innata curiosidad se iban ampliando cada vez más, induciéndonos a explorar y aventurarnos por nuevos senderos.
Los extensos bancos de arena del, en aquellos años, poco accesible litoral de Bonifacio y Las Misiones fueron asombrosas al descubrirlas. Con amigos, más la gracia de ir a pie descalzo, recorríamos lo que para jóvenes de aquel entonces era toda una aventura… Marisquear, escalar los roqueríos, o tan sólo ver y escuchar el sostenido reverberar de las olas conformaban todo un panorama de verano… Pero nuestra ambición adolescente quería más...
Pronto, una cima saturada de verde y calada por múltiples quebradas se convirtió en el crux de nuestra exploración. Era el Cerro Oncol, uno que aparentaba ser de fácil acceso, pero estábamos equivocados, la ruta fue exigida en un rudo atajo de monte.
Así, mientras más nos introducíamos, la espesa selva era en absoluto amistosa, salvo por un detalle: la cantidad de anfibios, lagartijas, aves y hasta un pudú divisado fueron convirtiendo el ascenso en una descarga de emociones seguidas unas de otras, mientras en las quebradas se oía el canto del chucao, otorgando más suspenso al recorrido. Como si fuera poco, hasta alimentos silvestres tuvimos.
Para cuando llegamos a la cima el cansancio era historia sin importancia. A lo lejos, un volcán fantasma que parecía levitar sobre Valdivia dejó perplejo todo intento de respuesta. Jamás lo habíamos divisado desde la ciudad e instantáneamente nos percatamos de que teníamos la presencia de océano, cordillera y ciudad. Recorrimos los 360º de visión que teníamos desde la cumbre, y todo ese magnificente alrededor fue nuestro.
Hoy, 27 años después de aquella vivencia, escribo con orgullo y un sinfín de emociones este recuerdo de juventud. No ha desaparecido, y perdura tal cual lo hace esa porción de selva valdiviana  en el Parque Oncol.

“Todo lugar vive protegido cuando un significado especial lo cobija”.

Claudio Almarza V.
Autor Libro “Parque Oncol –Selva Valdiviana”

 

 

 

 

Prólogo del autor

 

La acción de lo inesperado es como llamaría a todo ese asombroso y microscópico mundo que discretamente se deja ver por entre briófitas, troncos, tierra y el poco escudriñado dosel, con escenas que involucran desde extravagantes acciones de cortejo hasta salvajes situaciones de supervivencia en un ecosistema que, imperiosamente, consiente su intimidad al forastero instruido y determinado a presenciarla.

“El bosque exige un compromiso para entrar en escena; el respeto y la paciencia”.

Durante el largo periodo de tiempo que permanecí investigando y fotografiando, poco a poco me iba percatando de que el follaje ofrece nada más que una minúscula parte de sí, de un total innumerable de flora y fauna almacenada en esta biota del bosque valdiviano. Incluso los mismos científicos argumentan que dado que otra gran parte de la vida se alberga en las copas de los árboles, es que vale aseverar con toda seguridad que aún quedan cientos de especies desconocidas por identificar.

Siendo así, no es casualidad que en este remanente de la naturaleza se descubrieran especies tan particulares como el insólito opilión de Oncol, la bella Eusarca valdiviana, el afamado sapito de Darwin (recolectado por el propio Charles Darwin), el monito del monte -singularizado como fósil viviente-, las pretéritas planarias y onycophora, o el muy reciente hallazgo del Dr. César Cuevas con un sapito Alsodes norae. Uno tan escaso que es catalogado como micro-endémico, es decir, que sólo se encuentra en el bosque valdiviano del Parque Oncol, confiriendo a este último su único hábitat en el mundo.

En la actualidad el bosque templado lluvioso está relegado a un diminuto porcentaje de superficie sobre la Tierra. Aún con ello, éstos almacenan una cantidad inimaginable de especies. Los científicos defienden la tesis de que en franjas mayores de este tipo de hábitat, como la de Estado Unidos y Chile, el porcentaje de especies a descubrir es una incógnita.

Valiosas razones como ésta dieron pie para que diversos organismos internacionales consideraran a la selva valdiviana como uno de los 25 hotspots a nivel mundial, lo que quiere decir que forma parte de un territorio exclusivo del planeta donde la biodiversidad es tan única como vulnerable es su estado. Es por ello que hoy en día algunas empresas forestales acordes al tema medioambiental se encuentran adheridas a un acuerdo de no sustitución del bosque nativo. El respeto de este acuerdo hace predecir un positivo devenir de gran parte de la biodiversidad presente en los fragmentos mayores de bosques remanentes en propiedad de estas empresas. Más todavía, si empresas en esta misma categoría, así como instituciones del gobierno o no gubernamentales (ONGs), adoptan políticas de conservación mediante la designación o compra de terrenos para transformarlos en áreas protegidas, sea el caso del Parque Oncol de Arauco un ejemplo.

Sin embargo, la inversión hecha a futuro por parte de este tipo de empresas, el Estado y fundaciones conservacionistas será insuficiente si la educación, pilar fundamental de toda sociedad, no se empeña en inculcar, incluso desde la propia cuna familiar, la debida conciencia de lo que significa un bosque junto con la importancia de las especies que allí  habitan y por qué es tan vital que un sistema ecológico tan complejo como este denominado pulmón verde subsista. Es más que un tema ético y recae con todo en la continuidad de la llamada especie humana.

 

“La seriedad así como el énfasis en acciones de temas de conservación hoy deben ir más allá que una proclama de grupo, cualquiera sea la tendencia ecologista… Involucra a todos, en donde su espacio reflexivo apremia una atención global”.

Claudio Almarza V.
Santiago de Chile, 2 de noviembre de 2009.

 

 
 

 
 

 

 

 

Evolución de la Portada

 

Durante el tiempo que permanecí en el Parque, uno de los hechos más inspiradores que se dieron a lugar fue la insólita amistad concebida entre una Rhinoderma darwinii y este narrador… El maravilloso imán emocional que desencadenó produjo un lazo tan estrecho que con frecuencia Rhino -su apodo-, en poco tiempo y sin timidez, comenzara a posarse por sí solo sobre mi brazo, saltando a mi mano o con toda naturalidad situándose a mi lado durante horas.

Por extraño que parezca, su actitud siempre serena invitaba a brindarle compañía. Ahí entonces, sobre la húmeda hojarasca, el barro, o apoyado en algún tronco prestaba atención a los sentidos. Lo primero en aflorar era el particular aroma que suelta el vapor de tierra mezclado con las hierbas del lugar. Todo ganaba valor y se podía viajar más allá de donde la propia mente alcanza su razón… En tanto, siempre apegado y con paciente instinto cazador, Rhino, en un estado de eterna espera, aguardaba a que se cruzara cualquier desafortunado insecto que le sirviera de almuerzo.

La elección de un sapito de Darwin como protagonista principal de esta portada, con recuerdos tan plenos de belleza como el descrito, tienen un ápice lleno de significados, donde el manifiesto de amor va por encima de toda connotación cliché… Encierra, en todo, una señal de discernimiento bajo uno de los sentimientos más nobles que los humanos podemos exteriorizar en torno a lo que enteramente respetamos y valoramos.

 

La selva valdiviana con su sabia naturaleza me entregó algo más que conocimiento y fotografías...

 

Claudio Almarza V.
Autor del Libro Parque Oncol, Selva Valdiviana
Al cierre de esta Obra.

 

 

 

 

 
 

SELVA VALDIVIANA       (adelanto para FN de uno de los capítulos del libro)

 

En el alzamiento final de la Cordillera de los Andes, hacia el término del Cenozoico y principios del Cuaternario, unos 2.5 millones de años atrás, se produjo un aislamiento geográfico tan grande en la biota del Pacífico que la estructura de los bosques del hemisferio sur quedaron relegados al más fortuito de los endemismos de los que se tenga conocimiento.

La configuración culminante de este sistema montañoso -que atraviesa siete países y que sirve de frontera natural entre Chile y Argentina- ocasionó la formación de una extensa región desértica. Lo que profundizó todavía más esta alineación desierta fue la corriente fría de Humboldt, que corre desde la Antártica hasta Perú. Esto, sumado a que los Andes del norte de Chile y Perú detuvieron los vientos cargados de humedad que provenían del Atlántico, definió lo que los científicos denominan “Diagonal Árida”, un área constituida por la zona desértica del norte chileno y sur peruano, más la región patagónica del sur de Argentina, la cual se forma porque los Andes hacen el efecto contrario que en el norte de Chile, deteniendo los vientos húmedos del Pacífico. El entramado de estos eventos fueron causa principal para que el bosque valdiviano, de origen gondwánico y fuerte influencia tropical, quedara tan aislado como protegido conformando un relícto donde predominan la flora vascular y briófitas.

Con todo, el bosque templado, condenado a crecer lejos del reino florístico neotropical de Sudamérica, y circunscrito nada más que a una pequeña franja longitudinal que no supera los 250 kilómetros de ancho y un largo comprendido entre los 35° y 56° de latitud sur, produjo que las cerca de 12 millones de hectáreas de bosques siempreverdes de los Andes australes desarrollaran, y mantuvieran a través de los años, un patrón tan particular de biodiversidad que casi la totalidad de sus 28 géneros, 24 para ser exactos, sean monoespecíficos. Esto quiere decir que de una familia o género sólo existe una especie viva que lo representa. En el contexto, el olivillo, por ejemplo, es el único miembro sobreviviente de una extinta línea evolutiva.

Fue August Grisebach, un botánico trotamundos oriundo de Hannover, quien hizo el primer registro floral en esta selva y quien también lo denominó bosque valdiviano. En una época en que el naciente campo de la ecología miraba con orgullo la proclama de Yellowstone como el primer parque nacional del mundo, hacia 1872 este alemán imprimía los conceptos iniciales de la región de los bosques australes. Sus estudios representaron la piedra fundacional de un espíritu conservacionista que transportó a cientos de científicos y aventureros a mimetizarse en la más verde de las profundidades del bosque para averiguar de qué se trataba este pequeño ingenio de la naturaleza y cómo el hombre moderno podría mantenerlo a salvo del más terrible de los depredadores: él mismo.

Pero lo que llevó a la formación de los bosques australes es aún más pretérito. Si bien larga es la historia de los componentes que dieron forma al bosque valdiviano, hay uno que destaca. Durante el terciario, hace 5 millones de años, los choques de la placa tectónica de Nazca con la placa Sudamericana produjeron los más increíbles y determinantes rasgos morfológicos de Chile, formando la Cordillera de los Andes, la depresión intermedia y solevantando a la vez a la antigua Cordillera de la Costa. Todas ellas de importantísimo valor para que las condiciones geoclimáticas completaran la ecuación. Luego, sobrevinieron las eras glaciales del Cuaternario. Desde que las primeras heladas descendieron desde los Andes hace 3.5 millones de años cubriendo todo el valle longitudinal, y hasta que se desencadenara su final retroceso hacia el Polo Sur hace 14.000 años con la denominada Glaciación Llanquihue, el continente sudamericano estuvo sumido en el más profundo de los fríos. Sólo después de transcurrido el tiempo necesario que tarda en mutar una era fue posible dimensionar el carácter modelador que tuvo en el paisaje del sur de Chile. Un buen ejemplo, ahora que vivimos en un período interglacial, es el conjunto de lagos que se distribuyen entre el Río Toltén y el Seno de Reloncaví.

En tanto la Tierra se recuperaba de su inercia tras la era glacial, ésta comenzaba a reconocer todos los estados latentes de vida que sobrevivieron refugiados en las costas del Pacífico austral. Aunque todavía cercado por la acción aniquilante de los hielos, unas pocas especies orgánicas lograron perpetuarse y, tras la espera de condiciones atmosféricas apropiadas, el nuevo ciclo se dio paso para el repoblamiento vegetal: hoy en día, la selva valdiviana o bosque templado lluvioso.

El reducido, pero invaluable núcleo de vida que se mantuvo intacto en la Cordillera de Piuché en la isla grande de Chiloé y en la Cordillera Pelada en la costa valdiviana, fue suficiente para que la vegetación pudiera finalmente emerger de su estado invernal, bajo el sostén del aumento en los vientos provenientes del suroeste que determinan las altas precipitaciones. De esta manera, y con un clima más templado, los bosques comenzaron a distribuirse hacia su actual ubicación. El Cerro Oncol, localizado al noreste de la ciudad de Valdivia, fue uno de los incipientes relictos de este tipo de selva. Y aunque su altitud, 715 m.s.n.m., no es una de las más altas de la Cordillera de la Costa, de igual modo le permitió asilar con ventaja endémica a una de las vegetaciones más extrañas del globo.

Los primeros seres humanos en establecer un fuero directo con el bosque y desarrollar su propia cultura fue un grupo del cual no se tendría conocimiento sin la conjugación del azar y la serendipia (1) de una tropa de investigadores. El hombre de Monte Verde, situado a orillas del Río Maullín, en el actual Puerto Montt, se internó hace 12.500 años en medio de la selva para recolectar bayas y lienzas que le sirvieran para mantener tirantes sus toldos. En este ambiente boscoso cazó mastodontes para utilizar su piel como abrigo y su carne como alimento, recogió leña e incluso dejó un par de pisadas de niño que la acción ambiental conservó como eficaz prueba en lo que hoy se conoce como el más trascendental de los hallazgos respecto del poblamiento humano en la región austral de América. Tom Dillehay fue quien analizó, mediante estudios radiocarbónicos, todo tipo de artefactos encontrados en estos cimientos, permitiéndose alzar el nuevo paradigma que indica que la vida en este continente comenzó en tiempos tan remotos y en compañía de los fecundos bosques australes.

En este ambiente colmado de historia natural también han hecho su hábitat especies singulares y remotas como el monito del monte -Dromiciops gliroides- un marsupial de ojos negros y redondos como una bocha, tan ínfimo que cabe en la palma de la mano. Las raíces prehistóricas de los marsupiales australianos se remiten genéticamente a este marsupial que encabeza el origen del árbol filogenético de los marsupiales, y que en toda su magnificencia es el espectro vivo más decidor que se pueda tener de un fósil. El monito del monte es único en su tipo: sus descendientes dejaron de existir en los antiguos bosques antárticos y gondwánicos hace 65 millones de años, y hoy sólo se le encuentra hibernando en los troncos de los árboles o saltando entre la quila -Chusquea valdiviana-  de los bosques nativos húmedos de Chile.

Finalmente la Tierra hizo su declaración, y luego de transitar en el tiempo por los más variados cataclismos, palpando la soledad natural en un sentido extremo, ahora, millones de años después, nos devuelve a nosotros, los únicos seres con razón, un legado no exento de responsabilidad. Conservar la fuerza de un bosque, una obra maestra perfecta, que se creó a sí mismo a partir de un sustrato ancestral.

La designación de “Bosque Templado de Chile” como “Reserva de la Biósfera” por parte de la UNESCO en el 2007 es un galardón de respeto y reflexión entregado por la mano del hombre.

 

(1) En el libro “Monte Verde: Un asentamiento humano del pleistoceno tardío en el sur de Chile” de Tom Dillehay se define este concepto como la capacidad de observar y descubrir lo que la naturaleza nos ofrece, pero que no está definido como el punto central de una investigación. Es avanzar por la vida con los ojos muy abiertos mirando mucho hacia los bordes, pero a la vez reconoce una capacidad especial del observador, del científico, para poder interpretar estos regalos.

 

 

 

 
 

 

 

Biografía de Claudio Almarza V.

Diez días en Chaltén, junto al hielo patagónico sur en una de las naturalezas más sublimes y preciosas que jamás haya visto. Mares de hielo se extienden hasta el horizonte a los pies de montañas semejantes a catedrales góticas construidas por gigantes. Estaba cansado, mojado, sucio y con hambre. Absorto en mis pensamientos y en la búsqueda de saciar tanto el hambre físico como espiritual, surge la inquietud de querer capturar y mostrar a otros estos paisajes únicos que he conocido a lo largo de mi vida y que no siempre son accesibles para todos.

Quise registrar estos parajes con mi cámara, pero no tuve éxito. No lograba registrar el acoplo perfecto de los sentidos y sensaciones que sentía como observador directo, y me preguntaba: ¿Cómo logran los destacados fotógrafos transmitirnos esto? ¿Tendrán años de arte y estudios de técnicas rigurosas en academias especializadas? 

Luego del viaje, al doblar una esquina llama mi atención una vitrina con un libro cuya portada era el rostro viviente de un baquiano patagónico, hombre conocedor de llanuras, bosques y montañas bajo marcha ruda y solitaria. Me vuelve la frustración. ¿Cómo se logra captar en un retrato la emoción y vida de un hombre de esa manera?

Una parte esencial de mis viajes es conocer a otros viajeros: aventureros, periodistas, exploradores, pintores, documentalistas o trotamundos interesados por el mundo que los rodea. Agradezco a San Cristóbal –el santo de los viajeros– el haberme encontrado un año después de esa visión de la Patagonia y del libro, con su autor, Claudio Almarza, quien no sólo inmortalizó el alma de aquel baquiano, sino que a su vez, gracias a su perseverancia y compenetración con estos solitarios hombres, logró que se les reconociera como íconos humanos de estas australes praderas.

Me sorprendió no sólo su vocación y personalidad de artista, sino su entusiasmo desbordante y espíritu emprendedor. Trabajaba en su proyecto de revista de historia natural, antropología y viajes para América Latina; preparaba una expedición para documentar pumas en el Parque Nacional Torres del Paine; editaba su sexto libro y colaboraba con artículos en la revista National Geographic.

Tuve la posibilidad de trabajar con él por más de un año, y aprender por qué es un gran profesional. Como fotógrafo-explorador es, ante todo, un observador acucioso y en extremo sensible de su alrededor. Como periodista ha recorrido un largo camino para transformarse en un destacado profesional documentalista experto en vida silvestre. No es de extrañar que sus escritos sean tan rigurosos como evocativos, y acompañen a sus fotografías de manera indivisible.

Su energía más vital viene de la pasión que siente por el mundo que lo rodea. Cada rostro, cada rincón, cada detalle, tiene para él un significado especial y una relación única con su entorno. Esta pasión lo ha llevado a cubrir desde conflictos bélicos en su época de corresponsal de guerra, hasta realizar reportajes de la biodiversidad chilena y otras latitudes, en toda su extensión. Pero la principal consecuencia de esta pasión es su excelencia. No sólo en la fotografía de naturaleza e investigaciones periodísticas, sino en el diseño, en la escritura, en la investigación científica dedicada y rigurosa de los objetos de su estudio. Esa misma pasión altera en ocasiones su carácter, y es mejor dejarlo solo por un tiempo hasta que sabiamente recobra su equilibrio.

Sin embargo, pasión y excelencia no serían condiciones suficientes para hacer de alguien un gran documentalista de la biósfera, ni una gran persona. Claudio cree como pocos, profundamente en la inclusión, en que los resultados verdaderamente significativos son la consecuencia del trabajo en equipo. En la gran mayoría de sus proyectos invita a nuevos colaboradores a trabajar y a aportar a su logro, cediéndoles espacio para contribuir al resultado final y sentir que ese resultado lleva, en alguna parte, la impronta de cada uno.

Lo vi entregar desinteresadamente su vasto conocimiento, y en ocasiones algunas críticas severas por acciones hechas a medias o sin compromiso, esto con la firme intención de que sus colaboradores crezcan y se superen. Esta generosidad versus exigencia es la que a mi juicio lleva a Claudio a ser un defensor empedernido de la naturaleza y a no poder aceptar que las generaciones futuras no tengan la oportunidad o inquietud de realmente conocerla y valorarla.

Fue esta obsesión la que lo llevó, literalmente, a sumergirse por casi un año en la tupida vegetación y el fango del Parque Oncol en la selva valdiviana, logrando un extraordinario registro de la biodiversidad única de este ecosistema. Paralelamente investigó y estudió con detalle la composición de este hot spot de la biodiversidad mundial.

Gracias a su credibilidad y liderazgo profesional logró convocar a un impecable equipo de colaboradores científicos de distintas universidades de Chile en un trabajo pionero de investigación científica y registro documental con una misión personal clara y necesaria en la actualidad mundial: la conservación y difusión de esta  “copia feliz del Edén”.

La posibilidad de que las generaciones futuras conozcan y aprecien la maravillosa diversidad natural de nuestro planeta depende de lo que cada uno de nosotros haga hoy. Claudio Almarza, con su trabajo dedicado de investigación y documentación, no sólo cumple ampliamente con esta obligación ética, sino que nos desafía a todos a contribuir desde nuestros propios ámbitos a este llamado al conocimiento y conservación de nuestro medio ambiente.

 

                                                                                                          Rodrigo Jordan
Alpinista
Ph.D - University of Oxford
Vice-Presidente Ejecutivo Vertical

 

 

 
 

 
 

Créditos:

  • Recostado en el suelo por Claudia Sáenz Cabañas
  • Ranita sobre cámara por Milenko A. Aguilera
  • Junto al salto de agua por Jaime Parra
  • En el hide por Valentina Cereceda Almarza
  

 

Características del Libro (Dónde y cómo adquirirlo)

 

  • Más de 27 científicos dieron apoyo y revisaron toda la investigación de Claudio, además 4 casas universitarias, U. Concepción, U. Austral, U. de los Lagos y U. de Magallanes, respaldaron este trabajo inédito en América en su formato, también se sumaron The Geographic Press, Fauna Andina, Ejercito de Chile, Revista Geográfica, Bioforest y el auspicio total de Arauco.
  • Este libro estará presente en la Feria Internacional Expo Shanghai 2010 a realizarse en China.
  • 325 páginas
  • Formato 34 x 27 cms.
  • Venta a partir de mayo en librerías.
  • Se constata que las imágenes del libro "Parque Oncol" practicamente no tiene crop, se utilizo Photoshop solamente para ajuste de niveles y para limpiar impurezas como ruido, pelusas del lente. No hay HDR.
  • Interesados en adquirir este libro, FN recomienda en base a una alianza entre este sitio y el autor, adquirir el libro directamente con la editorial del autor, puesto que en librerías el precio será superior a $85.000, mientras que a través de FN el libro tendrá un valor de $54.000.- (es obligatorio mencionar que son usuarios de FotoNaturaleza).
  • contacto con editorial: gerencia@thegeographicpress.com

Fecha de creación 21/04/2010 10:16          Cantidad de visitas 1546     Fecha de última visita 06/09/2010 03:00          Cantidad de comentarios 23     Cantidad de usuarios 22     Fecha del último comentario 01/06/2010 11:16

 Autor:  Comentarios
Marco Subiabre
Marco Subiabre
27/04/2010 19:27
Omitiendo los comentarios hacia Celco hago copy paste de este comentario expuesto en Rev Capital: http://www.capital.cl/reportajes-y-entrevistas/el-libro-de-la-selva-2.html

Antonio Echeverría :
Publicado Miercoles 21 de Abril, 2010 - 23:17 hrs
Esto si que calza en una novedad total, y por varias razones:

1. El gran y singular trabajo logrado por un chileno que ha dedicado su vida en pos de crear conciencia a través de su trabajo, sin dudas el mejor en su género. No olvidar que Claudio Almarza fue el primero en publicar un artículo producido totalmente por él para National Geographic, algo que hasta la fecha no ha sido repetido por ningún compatriota.

2. Que una empresa como Arauco quiera dejar huella respaldando al autor sin pretender limpiar imagen... Eso es algo que de seguro se puede tomar con toda credibilidad, pues de lo que se conoce de Almarza, entre su carácter fiel a su trabajo y lo tozudo de no transar sus principios -de lo cual doy fiel testimonio tras conocerle en una reunión en Punta Arenas-, seguro es tal cual se percibe, lo cual no deja de ser también un aplauso para Arauco, pues en resumidas cuentas hace notar un respeto al autor por encima de cualquier interés corporativo.

3. Aplausos totales a esta edición de revista Capital por adelantarnos una porción de este bello libro en un plano editorial que sorprende y hasta descoloca... ojalá existiera una sección constante a tema similares... el sustento y valor entorno de nuestro medio ambiente, tal como lo señala e inspira Almarza, debería ser copia de todo medio editorial... todo país que se respete cuida y protege su entorno natural y con ello la difusión de temas como éstos respaldados por revistas como Capital son de gran valor, ojalá fuera una constante.

Y a Ud. Sr. Almarza, sólo me resta una despedida de sincero agradecimiento, es de esperar que ésta como otras empresas le continúen respaldando para beneficio de nosotros mismos como chilenos ... pocos son los naturalistas que van más allá de sus documentos y fotografías, aquí hay espíritu.

Saludos cordiales,

A. Echeverría.
Luis Bertea
Luis Bertea
25/05/2010 16:08
Aunque aun no tengo el libro, lo tuve en mis manos en una libreria y pude recorrerlo con calma, una obra que demuestra la madures profesional y el amor por su trabajo. Creo que esta obra enaltece al autor.
Luis Bertea
Carlos Olavarria
Carlos Olavarria
01/06/2010 11:16
Este libro aun lo estoy revisando, pero primero destaco su formato. Me encantan los libros grandes y pesados donde puedo poner toda mi mano encima de la fotografia. La calidad de la impresion asombra. El contenido (y aqui voy en mi revision con lectura para la noche) tambien me llama la atencion, porque hasta el momento el contenido esta completamente a la altura de la fotografia. Con solo ojearlo se ve que hay muchu, mucho pero mucho trabajo. Si tuviera criticar algo de lo que he visto hasta el momento solo seria que las primeras fotografias estan a dos paginas y el corte del medio pasa por encima de sujetos como la cara del puma que hubiese preferido verlo en una sola hoja. Pero esto es completamente minimo. Y lo otro es que no es barato y eso va a limitar su distribucion masiva, y este trabajo definitivamente deberia ser más conocido. Todas mis felicitaciones a Claudio y su equipo. Este libro es un orgullo tenerlo

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